Calandria de tolvaneras No. 11 / junio de 1988

 

Poemas de Bruno Montané

 

Mano

 

En el centro de la habitación hay una mano

que acaricia otras partes del mismo cuerpo

A veces su trayectoria deja sobre el fondo negro

una línea de espuma seca

y nosotros pensamos en esa huella como en

una gruta marina oliendo

intensamente a sal a frío o a sudor

Hasta que la ola entra por la ventana

y el suelo se inunda de una lava pegajosa

como el sol bañándote los ojos cuando te despiertas

como un chorro de luz en el centro del huracán

 

Memoria del cuerpo

 

El vientre respira es una ventosa un agujero rojo

las entrepiernas tensas el olor me llena el cerebro

Caigo como un idioma de muertos

pero vivir es el abrazo frente a la ciudad

poblada de mentes que sienten

esta explosión tan efímera como una mano

Y ese recuerdo se hace móvil te acompaña al muelle

a un barco a la ardiente extensión de un mar petrificado

 

Regresando a las factorías

 

Retrato de paciencias que cortan:

como el aire de los suburbios,

como un trayecto en una línea seca.

Y tu mano se acerca al humo

de las adivinaciones, al olor

aproximando su rostro para que comiences

a temblar en otro cuerpo.

Vuelves a los sueños, a los bosques

de decapitados, a las camas desechas.

Las inmensas naves vacías dejan

avanzar un lánguido fin de semana,

orilla del canal donde mojabas los pies

entre las siluetas de los desaparecidos.

 

 

 

 

La boca es un dado negro

 

El torturador encapucha al torturado

y fuera de la cárcel un témpano

comienza a rozar los muros produciendo

un sonido que encaja en cada pulsación

de los voltios que huyen por el cuerpo tendido

o colgado de las barras de un catre oscilante

como un témpano.

Las preguntas quieren revisar una historia,

empotrar los fragmentos que faltan:

y la memoria busca una respuesta que camine

sin peligro por una pradera sin rascacielos

ni chozas, sin vientres desencajados y brazos

y piernas a punto de quebrarse por los golpes.

 

El silbato de los mares

 

La mujer del capitán tiene la frente salada

Bajo las sábanas ella recuerda y sus pezones

son fosforescentes como el plancton

que un hombre ve brillar desde un barco

Al mismo tiempo se oyen la sirena del faro

y el timbre de la casa

Ella baja a abrir la puerta pero lo único

que la espera es el movimiento del mar

como la blanca mirada de una ciega

sonriéndole

 

 

Tú serás la estrella que mira

 

Tú serás la voz o la joya que en la

arena aparece, serás la calma

de la pierna muerta en el bosque.

Y en el centro del acto y del sonido

parecerás una vida de raras hazañas,

con cuerpos y cerebros que quieren a otros cuerpos,

y desiertos y playas y gargantas que nada

hará desaparecer

 

 

A veces la luz era el celeste microbio que me comía

 

Bajaba la luz y me comía,

y yo me iba con mi boquete rojo en el pecho,

un poco con la tráquea afuera,

un poco con la lengua salida

por el agujero dejado donde antes había estado

el ojo que ella se había comido.

Y yo era niño, como tú, como nosotros:

veía en el tiempo lo que el tiempo

también es: pequeños patos diciendo

cuá-cuá, tablas que se convertían en casas,

en muros de calles o en garages.

Y después, unos años más tarde, la luz

estaba debajo de tu pie, escondiéndose

de su propia deformidad,

huyendo de los espejos que ya había digerido.

 

 

Un lazo rojo alrededor

 

No había final en tu abrazo

y ese momento era un pozo tan grande

como el paisaje.

Un lazo rojo alrededor

de tu cadera o rodeando mi pene.

Y tu presencia se hacía la rueda donde la saliva

se esparce y evapora,

mientras acariciaba tu espalda, separaba

tus nalgas y entraba en ti tocándote el vientre

y los senos, dándote suaves mordiscos

en la nuca.

Los dos cayendo hacia  centros que desde lejos

avistábamos, como los exploradores

en una extraña leyenda donde todos están

frente a algo o a alguien,

entre solitarios y felices